sábado, 1 de julio de 2017

Pobrezas y miserias del antifujimorismo


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez
Fuente: El Montonero

Los autoproclamados “defensores de la moral” y “luchadores anticorrupción”, pero que solo se dedican a combatir al fujimorismo, haciéndose de la vista gorda ante los corruptos y sospechosos de genocidio de los últimos tiempos, suelen decir que el fujimorismo envileció la política. La política siempre ha sido sucia porque el poder seduce primero a los seres más nefastos. Lo malo es que la gente vote por ellos y solo por odio. El principal instigador del odio político siempre ha sido la izquierda. Ellos votaron por Fujimori solo por odio a Vargas Llosa. Siempre votan por odio. Lo que envilece la política es el odio, junto a las mentiras que se usan para alimentarlo todos los días. Y todo eso es y siempre ha sido la especialidad de la izquierda.

El antifujimorismo ha terminado envileciendo no sólo la política sino incluso a la sociedad, y básicamente ha envenenado a los jóvenes. Lo que vemos en estos días, luego del anuncio de un posible indulto a Fujimori, es francamente denigrante y desolador. Uno termina asqueado de leer tanta miseria desatada en las redes. Y no son trolls anónimos, sino personajes célebres de medios quienes, cual pabellón de enfermos mentales de odio, salieron a proferir los más abyectos y ruines tuits contra Alberto Fujimori. Nunca había visto tanto odio enfermizo desatado en las redes desde la campaña electoral. 

Me cuentan que una ONG caviar reclutó a este grupo selecto de “comunicadores” para emprender una asquerosa campaña de demolición a Alberto Fujimori en las redes para impedir el indulto, utilizando los mismos mensajes generados por algún troll center. Un genio progre decidió aprovechar la indignación popular por el terrible incendio en Las Malvinas, y no tuvo reparo moral alguno en repartir el libreto de que Fujimori era responsable de la informalidad en el Perú. El mensaje ruin fue cacareado sin decoro por este cuartel de miserables, a cambio de unos cuantos dólares.

Es fácil engañar a la gente, especialmente a los jóvenes, porque la ignorancia cunde en estos tiempos. Pero lo peor es que nadie los encara. Ni siquiera el fujimorismo, que nunca hizo nada por desmentir la leyenda negra que la izquierda montó alrededor de los noventa. Nunca se dignaron examinar el trabajo ni el informe de la CVR. Peor aún, Keiko Fujimori inclinó la cabeza ante esa felonía intelectual que insulta a su padre desde la primera página, solo por cálculo político. Un error garrafal porque nada de lo que haga doblegará el corazón infectado de la caviarada.

Con las manos libres, la izquierda se ha dedicado en los últimos años a satanizar los noventa, al punto que para muchos ya es la peor década de la historia; y Alberto Fujimori, el personaje más siniestro. A partir de ese relato perverso y falaz, es muy fácil incentivar el odio, que siempre ha sido el principal combustible político de la izquierda. De eso vive la izquierda.

Entiendo perfectamente que la izquierda odie a Fujimori porque derrotó a sus cuadros terroristas y desmontó el esquema socialista implantado por Velasco. Pero me extraña ver a tantos jóvenes engañados y otros mayorcitos que parecen haber olvidado lo que era el Perú en 1990. Sé que muchos vivían en el extranjero disfrutando de holguras y nunca escucharon un coche bomba ni sintieron miedo de salir de sus casas. Sería bueno recordar algo de principios de los 90 grosso modo.

Para empezar, el Perú no tenía un sol en sus arcas. El Estado no podía pagar ni su planilla, y hasta llegó a pagar con cheques sin fondo. La deuda externa era de unos US$ 25,000 millones y no se pagaba. Éramos morosos y estábamos en la lista negra de todos los bancos. Nadie nos prestaba plata. No había inversiones ni  recaudación fiscal. Las cuantiosas y gigantescas empresas públicas no aportaban nada. Peor aún, acumularon pérdidas por US$ 20,000 millones, una cifra similar a la destrucción causada por las hordas de la izquierda terrorista. Los billetes valían menos cada día por la hiperinflación. Cada mes se necesitaba más billetes y el Estado no tenía plata para importarlos. El BCR tuvo que sacar en circulación unos horrorosos cheques de gerencia. Se cobraba semanal para no perder liquidez. Era imposible hacer un presupuesto y las cifras no cabían en las pantallas. No se podía transitar por el país porque las carreteras estaban destruidas por falta de mantenimiento. Los sindicatos comunistas paralizaban todo a cada rato. Dos tercios del país estaba en manos del terrorismo y Sendero Luminoso se paseaba por Lima detonando coches bomba y asesinando dirigentes. Podemos seguir el recuento tenebroso de lo que vivimos pero faltaría mucho espacio. Basta decir que esa fue la herencia que dejó Alan García, quien coronó con creces el desastre legado por Velasco. A principios de los 90 la gente ya no tenía esperanza, vivía con miedo y solo pensaba en salir del país. Mucha gente ya se había ido.

Para rescatar al país del desastre fue indispensable deshacerse de las quebradas empresas públicas que nos arrastraban al hoyo presupuestal, hundiéndonos más cada año. Con ellas desaparecieron los sindicatos comunistas, que solo eran una plaga de parásitos mafiosos que vivían con gollerías y chantajeaban al Estado y al país con sus huelgas. También fue necesario eliminar a una buena cantidad de burócratas que habían infestado el aparato público, especialmente durante el gobierno aprista. No cabía ni un alfiler en las oficinas públicas. Se hizo un plan de racionalización incentivando renuncias con suculentos beneficios. Las empresas públicas fueron rematadas al mejor postor y en algunos casos se logró cifras inesperadas, como la que pagó Telefónica por la CPT, con más de  US$ 2,000 millones, cuando el segundo postor solo ofrecía US$ 450. No fue como dice el farsante de César Hildebrandt, un regalo a Telefónica. En realidad se pagó muchísimo más de lo que valía la obsoleta CPT-Entel. 

La recuperación del Perú requirió varias medidas drásticas y dolorosas. Nada es gratis en la vida. El país necesitaba una cirugía al corazón a pecho abierto. Pero finalmente se logró salir del hoyo y eso es lo que importa. Lo demás es charlatanería barata y miseria progre. ¿Que hubo corrupción y excesos? Claro que los hubo. Siempre los hay. ¿En qué régimen no los hubo? Pero eso ya fue juzgado y los culpables están pagando cárcel. Ese no es el punto ahora ni es lo más relevante para discutir. 

Lo que no debemos olvidar jamás, como peruanos decentes, es que la recuperación del país se la debemos a Alberto Fujimori. Gracias a él este país sobrevivió y se puso en las sendas del desarrollo. Si eso no sabemos reconocer eso y nos dejamos llevar por la lacra social de izquierda que vive insultándolo y difamándolo hasta por cosas que no hizo, seríamos una sociedad ruin que no merece el futuro por el que se trabajó y sufrió tanto. Parece que muchos anhelan volver a la miseria de los ochenta. Tal vez se lo merecen. Este país da tanta pena a veces. No dejemos que estos miserables nos roben la esperanza de ser un país exitoso. No volveremos a la miseria de ser un país socialista.